martes, 2 de febrero de 2010

Ritual

Sentada en el piso con las rodillas flexionadas y la espalda contra la pared. Todo alrededor es de madera, afuera selva, adentro cinco personas. Tres toman, dos miran. Una de las que toman guia, es el Chamán.
La noche es oscura, la casa está en silencio y lo que domina son los sonidos de afuera: grillos, aves nocturnas, ranas. Adentro se oye la voz serena y baja del chamán que explica como debe tomarse.
No hay ciencia, no hay técnica, solo fe y ojos cerrados. "Salud ayuruna, te tomo con fe", esa es la oración que debe decirse luego de desear que visiones quiero tener y después solo resta beber todo el vasito, rogar no devolverlo y esperar, envolviéndose en la música divina que toca el viejo, a que lleguen las imágenes.
El sueño era pesado y por eso me cuesta definir cuando empezó. Recuerdo un momento en el que todo se volvió negro y, entonces, aparecieron miles de lucecitas danzantes de todos los colores. Transité mucho caminos, es un viaje que no para y siempre avanza. Dije cosas que quería decir a gente a la que no se lo dije, amé, odié, me vengué, busqué la oscuridad y también la luz y, después, simplemente me dejé llevar por la música.
Y la música me llevó saltando por un camino en medio de un bosque, había flores y noche llena de estrellas, yo tenía un vestido azul y era una nena feliz. En un momento, mientras tocaba mi instrumento (mis botas hacían un ritmo propio contra el piso) quise llorar de alegria, pero no pasó. En otro momento quise llorar de dolor, tampoco pude.
Es una experiencia más, es un viaje dentro del viaje

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